
El otro día, en el parque, unos cuantos padres debatían sobre la nueva ley antitabaco mientras fumaban echándome el humo a la cara, al pelo y a la ropa. Cuando llegué a casa, apestaba. Puaj. El caso es que estaban indignados porque el Estado no les va a permitir fumar en bares, discotecas o cualquier lugar público. Pero lo que más les molestaba era que el Estado les diga que fumar es malo y que tienen que dejarlo (¡faltaría más! ellos dejarán de fumar si les da la gana y cuando les dé la gana). Que a ellos nadie les tiene que decir nada respecto a lo que hacen con sus cuerpos. Así que con el olorcito ese a tabacazo en mi pelo sedoso que estaba recién lavado, se me ocurrió aclararles alguna cosa.
Lo primero, y sin entrar sobre lo desconsiderados que me parecen la mayoría de los fumadores, podéis hacer con vuestro cuerpo lo que os dé la gana. Al Estado, a mí y al resto del mundo nos importa un bledo (o dos) si os queréis matar fumando, o prenderos fuego con el mechero. Sóis muy libres de hacerlo (o eso creo). Ahora bien, el problema de vuestra afición-adicción es que entra en conflicto con la libertad de los demás y el derecho a la salud y a respirar aire sin humo que tenemos los que no fumamos. Es decir, que si os queréis intoxicar fumando, está muy bien, pero no me intoxiquéis a mí, que yo no lo he elegido. Vamos, que lo que tanto os molesta del Estado, que os diga lo que tenéis que hacer, me lo lleváis haciendo a mí y a todo el mundo muuucho tiempo, me obligáis a hacer algo que no quiero hacer: fumar. Que cuando fumáis en un lugar público, nos hacéis fumar a todos, y ahí es donde entra el Estado, para protegernos a los débiles (que para eso está). Y no os dice que no fuméis, sino que no fuméis en los sitios públicos, en los lugares cerrados en concreto. Por fin.
Respecto al bajón de clientela en los bares que pronostican los agoreros "defensores del tabaco en tu cara", a las pruebas me remito. En el resto de Europa, véase el Reino Unido por ejemplo, la gente sigue yendo a los pubs. Además, entonces iremos todos los que ahora no vamos porque no queremos respirar humo. Así que, ya sabéis, a fumar a la calle. Que si por mí fuera aplicaría la ley a la japonesa (que allí no se puede fumar ni en la calle, mientras andas, sólo en cabinas habilitadas). Que yo también me trago el humo de paradas de autobuses, personas que se paran en un semáforo a tu lado, o el de los padres preocupados por sus hijos, que les dan el bocata con una mano, mientras lo ahúman con la otra.